HISTORIAS ESCONDIDAS TRAS UN ÁLBUM DE FOTOS ll

TERTULIA LITERARIA C.C ESGUEVA

En esta ocasión, compartimos las historias de: Luisa Prieto, Luisa Fernández, Octavio Pisonero y Begoña Estébanez

LA NOSTALGIA DE UNA FOTOGRAFÍA 

"Cuando te aburres en las tardes de invierno no hay nada mejor que ver fotos pasadas y recordar viejos tiempos.

En uno de esos ratos familiares encontré fotos de mi juventud y recordé la primera vez que vi el mar y disfruté de sus frescas aguas. Tenía 17 años y nunca había salido de mi ciudad, era el mes de julio y la fecha de mi cumpleaños, así que estaba feliz. 

Mi hermana mayor trabajaba en Alemania y había venido de vacaciones; un matrimonio amigo que trabajaba con ella nos invitó a pasar unos días en su casa de Galicia. El marido era de Orense y en su coche nos hizo de guía.

Conocimos sitios preciosos como las fuentes termales, y en Pontevedra visitamos Santa Tecla, desde su cima puede ver cómo las aguas del río Miño se juntaban con el océano Atlántico en su desembocadura. Pero lo que más me gustó fue Vigo y sus playas, que es donde está tomada esta foto, y ver la inmensidad del mar me trae unos recuerdos que nunca olvidaré. Muchas otras veces lo he disfrutado, pero con otros ojos porque nunca es igual que la primera vez".

Luisa Prieto


MI PRIMER VIAJE IMPORTANTE

"Este primer viaje fue porque yo quería ir a trabajar a Alemania, entonces yo tenía diecisiete años y mi hermana hacia dos que vivía allí y estaba muy contenta con su trabajo, yo quería ir allí donde ella. Fui a informarme a la Delegación de Trabajo, de momento no se había organizado ninguna expedición, pero además para esa fábrica tenía que tener cumplidos los dieciocho años. Hasta cumplirlos estuve haciendo el Servicio Social, que por entonces era obligatorio para salir al extranjero, duró seis meses. En ese tiempo mi hermana se casó.

En el mes de enero ya fui a firmar el contrato, me dieron el pasaporte y quinientas pesetas para los gastos del viaje.

No recuerdo el día que salimos ni lo que duro el viaje, salimos en tren desde la estación del Campo Grande, en Irún cambiamos de tren y éste nos llevó al sur de Alemania, a Colonia, allí nos distribuyeron a distintos sitios, nosotras íbamos al norte, a  Hannover,  allí nos esperaba un autocar que nos llevaría a un pueblo llamado Barsinghausen, donde estaba la fábrica y las dos residencias. A  la llegada mi hermana estaba esperándome, me dijo que estaban a 20 grados bajo cero, todo estaba blanco de la nevada que había caído.

En la residencia me recibieron las compañeras que había tenido mi hermana para llevarme a la habitación, así que estuve en la misma que había estado mi hermana.

Al cabo de quince días de estar allí cumplí los dieciocho años. Guardo buenos recuerdos de ese viaje, el trabajo era bueno, la residencia también, la comida, española pues el cocinero era de Valladolid.

Los fines de semana marchaba donde mi hermana, a la capital. Así cumplí mi contrato de un año y luego me cambié a otro trabajo, pero esa es otra historia".

Luisa Fernández


A PROPÓSITO DEL LIBRO DE JULIO LLAMAZARES: ESCENAS DEL CINE MUDO

"Mi infancia son recuerdos muy variados y desordenados, es frecuente a nuestras edades acordarnos más de algunos hechos de antaño que de lo que hicimos antes de ayer. En fin, esto es lo que hay.

Para empezar, mis recuerdos más presentes son del entorno familiar; por las fiestas del pueblo, que son en “la octava de Pentecostés”,  era costumbre hacernos una fotografía de los nietos con la abuela, esto era así por dos razones, ese día era cuando iba el fotógrafo de Mayorga y, al ser la fiesta del pueblo, estábamos muy guapos y presentables con nuestras ropas nuevas. A mi abuela la recuerdo siempre de negro, era bajita y llevaba unos manteos que la llegaban a los pies, parecida a las Meninas pero en negro, la abuela se sentaba en un sillón de mimbre y nosotros alrededor, el nieto mayor que vestía traje se ponía detrás con las manos apoyadas en el respaldo del sillón, la manga del brazo izquierdo un poco subida para enseñar el reloj, mi prima que era muy mandona nos controlaba al resto con la mirada. Lo recuerdo con tanto detalle porque la foto anda por la casa de mis padres y ha sido motivo de comentarios.

De aquellos años guardo la sensación de que estábamos a nuestro libre albedrio, entrábamos en las casas deshabitadas, montábamos en burro o mulo o caballo, fumábamos a escondidas y, en fin, hacíamos algunas cosas que no estaban permitidas, en esta época tendría yo unos 8 años. Los inviernos eran largos y fríos y con mucho barro. 

Allá en lo más escondido de la memoria guardo el recuerdo de los gitanos ambulantes que de vez en cuando llegaban con sus carros, ponían cine y hacían algunos números de circo con una cabra y la escalera, otros reparaban cacharros domésticos, pero siempre con esa imagen,  con barbas negras no muy limpios y ese misterio que tienen los de esta etnia, por otro lado, entre los chicos se agrandaba las leyendas de que robaban a los niños y después los vendían en pueblos lejanos.

Yo no jugaba al futbol, era un poco patoso además de corto de vista,  gafotas y no daba una patada a un bote.

Como buen chico fui monaguillo y de esa etapa recuerdo dos periodos, el primero con un cura un poco rancio, no nos daba paga y el vino lo guardaba bajo llave; quizás fuera él el que nos indujo a pensar en las chicas, en sus sermones decía que las mujeres debían cuidarse mucho en el vestir y advertía: ¡ojo con los escotes!,  estas cosas despertaron nuestra curiosidad y hacían que nos fijáramos más en esas zonas de las chicas. Cuando se daba la comunión el cura iba con el copón de las hostias y el monaguillo con una bandejita apropiada, que se ponía debajo de la barbilla para si alguna hostia se caía no llegara al suelo, todo esto con los fieles arrodillados y nosotros, cura y monaguillo, en el borde del peldaño del altar mayor, o sea, te permitía mirar desde arriba a los comulgantes, mientras estos fueran hombres y mujeres mayores todo bien, pero cuando tocaba a chicas jóvenes había veces que la bandejita se la ponías en la boca o en el borde de los labios por no fijarte, o mejor dicho, por estar buscando  en el escote el motivo de tanto pecado. A este cura carca le remplazó un cura joven, que nos daba buena paga y un estilo totalmente diferente, claro, el vino de consagrar le duraba poco.

Si no recuerdo mal, la televisión y la Coca-Cola llegaron de la mano, la primera tele que llegó la compró el bar, que se llamaba “El sindicato”, a partir de ahí paso a llamarse “tele-club”. Los niños solo podíamos verla durante el programa infantil, un par de ratitos a la semana, recuerdo que cuando echaban Bonanza,  que era a eso de las 9 de la noche, los chicos nos amontonábamos en la ventana por fuera para verlo, hiciera frio o calor, si te colabas y te pillaba el responsable te agarraba de la oreja y te sacaba a rastras. Hoy algunas de aquellas prácticas serian consideradas maltrato infantil.

A los 10 años me llevaron a un convento, pero eso es ya otra historia…"

Octavio Pisonero


DE VUELTA A MI BARRIO

"Entre todos los Centros Cívicos que hay en Valladolid, no es casualidad que eligiera este, después de recorrer unos cuantos a lo largo y ancho de la ciudad.

Si he de ser sincera, no lo elegí únicamente por los cursos que aquí se imparten, que también, sino porque tengo querencia a este barrio.

Llegué a él a los tres años y me fui cuando me casé con veintiuno. Aquí estaba mi colegio, aquí discurrieron mis correrías de niña, aquí tomé mi primera comunión, la confirmación, me casé y bauticé a mi hijo.

Por eso  cada mañana, cuando llego al Centro, vuelvo la mirada a mi calle y otro tanto hago cuando regreso, vaya a pié o en autobús y no hay un solo día que no recuerde algo nuevo.

Mis primeros recuerdos son del colegio La Milagrosa, “La Bene”, como la llamábamos. ¿A qué colegio has ido? A la Bene. Aquel olor a berzas cuando pasabas por la zona de la calle Chancillería…

Cuando acababan las clases siempre había tiempo para jugar un poco en la calle. En aquella época jugábamos las chicas con las chicas y los chicos con los chicos, pero siempre en la calle, apenas había coches.

Después de un buen rato jugando oía la voz de mi abuela que desde el balcón gritaba: ¡Begoñitaaaaaaa, a comer! Y cuando entraba en casa me encontraba el enfado de  mi madre, ¡Pero mira como vienes! ¡Traes el uniforme blanco de polvo! Efectivamente, había estado agachada jugando con los agujones de colores que llevaba siempre en un acerico hecho con papel y por aquel entonces las calles no estaban asfaltadas, eran de tierra y además, ¡el uniforme era de color negro! No es de extrañar el enfado de mi madre al ver que la falda había cambiado de color.

Recuerdo del verano, época de más libertad, los juegos al escondite entre los enormes árboles del Prado de la Magdalena, las noches en el balcón (entonces no había tele) escuchando las historias de mi madre, de mi abuela, que vivía con nosotros y de alguna vecina que se incorporaban a la tertulia.

Recuerdo la radio colgada de una palomilla en la cocina, las novelas con sus actores: Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Matilde Vilariño… etc. ¿alguien los recuerda? Matilde, Perico y Periquín, Ama Rosa, Fray Escoba, Ustedes son Formidables…. Y toda una serie de programas y de sintonías que se escuchaban también desde la calle, igual que se escuchaba a las mujeres cantar cuando hacían las labores de la casa.

Y hablando de las labores de casa, la generación de nuestras madres ha sido, a mi entender, la que más avances tecnológicos ha conocido. Recuerdo la primera lavadora que entró en casa. Había que llenarla de agua y después desaguarla en un caldero. Recuerdo la primera fregona (hasta entonces se fregada de rodillas), la primera cocina de butano y el calentador, la primera nevera, la cafetera exprés, la batidora (la mayonesa se hacía a mano, pero ¡qué rica!), el primer transistor, la plancha eléctrica y ¡cómo no! la primera televisión en blanco y negro y así unos cuantos artilugios más que hicieron a nuestras madres la vida mucho más cómoda y fácil. 

Y ¿cómo olvidarse del colchón Flex? Hasta entonces dormíamos en colchones de lana y cada año venían unas mujeres al barrio con sus caballetes,  sus esteras y sus varas. Las madres bajaban la lana de los colchones y ellas iban poniéndola encima de los caballetes para varearla. Después de muchos palos, las apelmazadas vedijas de lana se habían hinchado y esponjado y cuando se subían a casa y se metían en la funda del colchón, ya limpia, no cabían de lo que habían engordado. Después mi madre renegaba durante varios días porque las camas no le quedaban lisas, perfectas y cuadriculadas como a ella le gustaban, pero qué bien se dormía y cómo te hundías en el colchón.

Recuerdo el Tragaldabas, que de vez en cuando venía al barrio y cómo disfrutábamos y recuerdo las voces de la calle; el lechero con su carro lleno de cacharras de leche, el piñero con las alforjas de cuerda de su carro llenas hasta reventar de piñas, la sangrecillera con su mandil y sus manguitos de un blanco inmaculado tirando de su carrito, el afilador en su bici, el trapero (compro trapos, hierro vieeeeejoooo) siempre con coletas de pelo colgando de su cinturón.

Recuerdo los domingos por la tarde cuando mi abuela nos llevaba al cine. Eso era una fiesta. Primero las películas de Joselito. Después llegaron Marisol y Rocío Dúrcal. También las películas “extranjeras”: Helena de Troya, Jasón y los Argonautas, Macistes El Coloso, que a mi hermano le gustaba tanto, los Hermanos Marx, El Gordo y El Flaco, Charlot, Cantinflas y un sinfín de peliculones que veíamos una y otra vez.

Recuerdo haber visto crecer los edificios que tenemos enfrente, haber visto surgir el Hospital Clínico Universitario y la desaparición de nuestro Prado de la Magdalena para construir la Facultad de Ciencias.

En fin,  podría seguir hasta escribir más páginas que tiene El Quijote, así que voy terminando, no sin antes hablar un poco de mis recuerdos de este centro en el que nos encontramos.

Recuerdo de este lugar a  los dos guardias civiles, uno a cada lado de la puerta, con sus abrigos grises, su fusil y su tricornio. Recuerdo haber visto a los presos que venían desde la Audiencia a pié, esposados en medio de dos guardias, hasta que ingresaban aquí y los chicos los seguíamos a una prudente distancia, porque los guardias gastaban malas pulgas y enseguida sacaban las porras a pasear. Recuerdo la procesión del Jueves Santo, cuando salía desde la iglesia de San Pedro. Siempre indultaban a un preso, que iba encapuchado detrás de uno de los pasos.

Recuerdo sus tapias como si las estuviera viendo ahora mismo. Tapias a las que se asomaban los presos y por las que en una ocasión se escaparon unos cuantos con el consiguiente susto para los vecinos, pues se metieron en los portales y los guardias les perseguían a tiros.

Y por último, recuerdo una leyenda que figuraba hasta hace poco en una especie de atril de bronce a la puerta del centro y decía así:

“En este lugar maldito

donde reinó la tristeza

no se castigó el delito

se castigó la pobreza”

Begoña Estébanez 

2 Comments

  • Hace 7 horas

    Feli Bergaz

    Vuestros relatos han despertado muchos de mis recuerdos, creo por ello que seremos de la misma generación. Como se suele decir " recordar es vivir". Saludos para todos.

  • Hace 1 hora

    Elvira

    ¡Qué historias más interesantes! Gracias por compartir.

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